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Voces

2,087 visitas Marzo 08 de 2019 14:13



Así decidí afrontar el duelo de un aborto espontáneo


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© Cucha Duque


“Salimos del consultorio y las miradas brillantes de las embarazadas que esperaban su turno me impidieron llorar, halé la puerta de vidrio y entre el fogaje y el resplandor del sol de las 9 de la mañana pude sentir de nuevo mi respiración y un impulso de llamar a mi madre para contarle lo que estaba viviendo”.






No hay latido, desafortunadamente el embrión no logró desarrollarse. Esas fueron las palabras del ecografista mientras frotaba mi vientre. La frase retumbaba en la cabeza de mi esposo y la mía mientras las ilusiones se desvanecían gota a gota por nuestros rostros.

		  

David, de 39 años, y yo, de 37, después de doce años de estar juntos decidimos embarazarnos, dejar de caminar en los temores y creer fielmente que “cada niño viene con su pan debajo del brazo”. Me hice una prueba de embarazo casera, pero el primero en saber el resultado fue mi esposo, quien con lágrimas en las mejillas y brinquitos por todo el cuarto repetía una y otra vez ¡estamos embarazados!

		  

Con la prueba oficial en mano, le insistí a mi esposo en guardar el secreto y no comentarle a nadie sobre el embarazo hasta pasados los tres primeros meses de gestación, pues había leído que se estima que solo el 30% de los embarazos llega a término y preferí no llenar de ilusiones a nuestras familias.

		  

Por las noches hablábamos de todo lo que haríamos cuando naciera Mía o Juan José, pues desde hace mucho tiempo escogimos los nombres. También orábamos y planeábamos cómo le daríamos la noticia a nuestros padres, quienes seguramente llorarían de felicidad.

		  

Esa mañana nos levantamos muy temprano, sonrientes llegamos a realizarnos la ecografía del primer trimestre y de allí saldríamos a la cita con nuestro ginecólogo. Al cruzar la puerta le dije al doctor “tengo miedo, acabo de sangrar”.

		  

Salimos del consultorio y las miradas brillantes de las embarazadas que esperaban su turno me impidieron llorar, halé la puerta de vidrio y entre el fogaje y el resplandor del sol de las 9 de la mañana pude sentir de nuevo mi respiración y un impulso de llamar a mi madre para contarle lo que estaba viviendo.

		  

David se quedó solo, soportando la tristeza, mientras entregaban el resultado de la ecografía. Minutos después lo vi salir del lugar. Sus manos temblaban manifestando la incomprensión de la vida, y antes de que pudiera llevarlas a su rostro, los brazos de un hombre de casi dos metros de estatura y de tez morena se abalanzaron sobre él para consolarlo y llorar por su dolor. Dejé de sentirme mal por un momento para apreciar la belleza de la escena entre dos desconocidos.

		  

El legrado

		  

Durante seis horas, acostada en la cama en una habitación helada, soporté unos cólicos terribles que aumentaban el desasosiego. Mi esposo, sentado en una silla al fondo de la habitación, intentaba trabajar en su portátil tecleando una y otra vez para desahogar su impotencia. Nuestras miradas se cruzaban con frecuencia con la intención de consolarnos mutuamente y arrancarnos el sufrimiento.

		  

Cada segundo era eterno. Oré, agradecí a Dios la situación y pude entregar ese dolor. Las lágrimas empezaron a silenciarse para dar paso al sonido de una respiración calmada y, aunque por momentos el malestar físico era intenso, pude abrazar el pasado pues la semana anterior había grabado los testimonios de dos mujeres para ‘Sentir Positivo’, un programa de televisión que conduzco y que es transmitido en Telecaribe. Recordé la historia de Leiry, una joven de 19 años a quien le amputaron parte de sus piernas y brazos y perdió a su bebé de 5 meses de gestación por una mala praxis. Ella me contó cómo ese episodio había cambiado su vida, que en su tristeza encontró fortaleza y el amor familiar que le han permitido salir adelante y comprender que la lástima es una forma de manipular a los demás y por eso no es una opción para ella.

		  

Recordé también la historia de Gloria y de su esposo, una joven que tuvo cáncer, quien después de muchos años de dolor y varias operaciones cuenta con una prótesis en la pierna izquierda, está casada, tiene tres hijos y es una profesional destacada. Ella me compartió su secreto para superar las situaciones difíciles y ser feliz: “El amor propio, yo siempre me he amado”.

		  

Mi mente se agarró de esos susurros del pasado y los imprimió en mi ser para darle sentido a la situación. Esas dos mujeres me estaban arrojando un salvavidas, sus testimonios ayudaban a situarme, a elegir de qué manera quería vivir la experiencia de no seguir embarazada, y decidí hacerlo desde el amor y la gratitud.

		  

Por la noche, cuando ya estaba en casa con mi esposo, cerramos la puerta del cuarto para compartir nuestros llantos. Me contó lo que el señor le había dicho mientras lo abrazaba: “Se acercó y preguntó si podía abrazarme, para luego decirme mientras lloraba conmigo que no perdiera la fe y no me desesperara, que confiara en Dios,” y luego David agregó que “daría mucho por verlo de nuevo y darle las gracias por consolarme. Quisiera algún día poder consolar a otros como él lo hizo conmigo”. Esa noche nos acostamos frente a frente agarrados de las manos.

		  

La vida siempre sigue

		  

A la mañana siguiente la vida seguía siendo vivida por los demás y hasta por nosotros, el sol volvió a salir, me tomé los medicamentos junto con una taza gigante de café y mi esposo se fue a trabajar. Lo único que realmente había cambiado era el propósito de ambos de desapegarnos de las ideas de dolor, comprendimos que debíamos desprendernos de lo ilusorio, que si lográbamos identificar las construcciones mentales- materiales que habíamos hecho alrededor del bebé, nuestro sufrimiento podía disminuir. Decidimos apartar de nuestro pensamiento las imágenes de decoración del cuarto, de comprar ropa de un color u otro, o de que estudiara en un buen colegio, entre muchas otras escenas que habíamos recreado en nuestras mentes, pero, principalmente, abandonamos la idea de que ese bebé llegara a nuestras vidas y las de nuestras familias para hacernos más felices, porque comprendimos que nadie tiene la responsabilidad de nacer para asumir nuestra felicidad.

		  

Días después viví dos experiencias maravillosas, en la primera sentía un dolor que no comprendía, no sabía si era físico o emocional, el caso es que no podía describirlo. Me levanté para ir al baño, me lavé el rostro y volví a acostarme al lado de mi esposo, cerré los ojos, empecé a abrazarme mientras lloraba y me dije: lamento profundamente lo que te está sucediendo, me duele tu dolor y sufrimiento. Recordé entonces las situaciones que me habían causado dolor, tristeza y rabia desde que era una niña, lamenté las veces en que fui o me sentí abandonada, utilizada, abusada, ultrajada y desprotegida. Esa noche lloré hasta quedar agotada, pero al día siguiente presencié el amanecer con mucha alegría.

		  

La otra experiencia la viví a carcajadas, sentí mucho gozo y busqué a David para contarle lo que se me había ‘revelado’. Sentados en la cama le pude agradecer a él, porque la historia de las mujeres de mi familia hasta ese momento había sido de desamor y abandono, y que a pesar de las muchas situaciones difíciles que habíamos vivido, cada mañana me despertaba y él continuaba a mi lado. Ese día sentí que esa cadena le pertenecía al pasado.

		  

Para terminar, quiero contarles que a David y a mí, después de este episodio, solo nos queda el sentimiento más bello y sublime de todos los tiempos: el amor. Ese que incrementa la esperanza y, en nuestro caso, la esperanza de un nuevo día en el que podamos experimentarnos como padres.

		  
		  




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COMENTARIOS DE NUESTROS SEGUIDORES


















Lucy M Ortiz GarciaMayorca
Hermosi Cuchita. Es una vivencia escrita, para compartir con muchas personas que hab padado por lo mismo. Y otras que aprendemos de ella. Gracias.
Elbacan
Me quito el sombrero resiliencia pura.
Cucha Duque Ortiz
Directora
Comunicadora Social y Periodista
Publicaciones:113
Fuente:SentirPositivo
http://www.sentirpositivo.com
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