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Voces

259 visitas Abril 19 de 2018 10:33



Mikey: el ratón que pudo no existir


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© Archivos de internet


Si Walt Disney hubiera triunfado en aquel periódico, probablemente hubiera seguido allí toda su vida como caricaturista y el mundo se hubiera perdido de su voluntad de emprender proyectos con los que resucitar la ilusión y envolvernos con ella.






Imaginemos la cara, reflejo de su sensación de fracaso, aquella que debió poner Walt Disney cuando su jefe en aquel periódico, para el que trabajaba como caricaturista, le dijo: “No vales para este trabajo”.

		  

Imaginemos el golpe que debió recibir, sin trabajo y sin futuro. Sin embargo, ¡qué razón tenía aquel jefe!, ¡qué portento de visión!. Porque evidentemente Walt no valía para ser un simple caricaturista. Por sus venas corría el espíritu de un creador de ilusiones. El fracaso es -en su mayor parte- una sensación que provoca un cambio de rumbo en la vida, genera un nuevo proceso mediante el cual los materiales de los que disponemos para construir la vida cambian sustancialmente.

		  

Si Walt Disney hubiera triunfado en aquel periódico, probablemente hubiera seguido allí toda su vida como caricaturista y el mundo se hubiera perdido de su voluntad de emprender proyectos con los que resucitar la ilusión y envolvernos con ella.

		  

¿Quién podría pensar que un simple folio en blanco y un lápiz pudieran ser las herramientas necesarias para hacer estallar los sueños?

		  

Si se hubiera dejado arrastrar por el sentimiento de fracaso, su mente no hubiera permitido que nuestro amigo Mickey Mouse naciera, o podría haberse quedado simplemente en un simpático muñeco estático sin humanizar ni vida. Sin embargo, hábilmente plasmadas sus imágenes en una serie de cartulinas y debidamente colocadas y agitadas una tras otra, la vida le llegaba.

		  

La clave no está ni en el éxito ni en el fracaso. Ninguno de los dos es estable ni permanente. Lo más importante es cómo situamos nuestra mente y actitud frente a ellos.

		  

Tanto en el éxito como en el fracaso la clave está en nuestra mente, por eso es el momento de “negociar inteligentemente con uno mismo”, respirar hondo y movilizarse frente al futuro que sigue esperándonos.

		  

El fracaso predispone, después del primer golpe, a la renovación. El éxito, por contra, al conformismo. En los primeros instantes el fracaso nos envuelve en una densa niebla y enturbia la mente oscureciendo el futuro. Pero luego llega la realidad y con su dinámica van apareciendo las nuevas oportunidades.

		  

Sin aquel fracaso, aquel mágico ratón no hubiera nacido. Hay muchas mentes esclavas del éxito, pero muchas más deudoras del pasado.

		  
		  




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Julián Gutiérrez Conde
Colaborador
Publicaciones:3
Fuente:SentirPositivo
http://www.sentirpositivo.com
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