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488 visitas Julio 21 de 2020 10:10



Mi Cuarentena


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© Sara Moreno


Al principio del aislamiento, en las redes sociales circulaba un texto que señalaba que aunque todos nos encontráramos navegando la misma tormeta, no todos navegábamos en el mismo barco. Y así, exactamente, creo yo que era.






En mi caso, principalmente una ama de casa, caribeña, administradora de empresas de profesión, pensadora, educadora, escritora y contadora de cuentos de nacimiento, al cuidado de dos niñas preadolescentes en Montreal, el cambio más drástico fue pasar de agendar cafés, caminatas y almuerzos estratégicamente durante la mañana para no aislarme, además de completar las tareas de la casa y estar a tiempo y disponible para recoger a las niñas del colegio y trasladarlas a sus actividades diarias, a estar acompañada todo el día por tres personas en la casa.

		  

Al principio, sin contar con la preocupación de que alguno se contagiara y de estar siguiendo correctamente los protocolos de aislamiento y desinfección por fuera y dentro del hogar, era como estar de nuevo en Cartagena; donde se sentían voces todo el tiempo. Empecé a compostar los residuos vegetales de mi cocina, y cada vez que salía a la terraza me sentía como mi abuela cuando criaba sus gallinas.

		  

Por las mañanas, mientras lavaba los platos y hacía el aseo en la sala, sentía a mi marido en animadas reuniones telefónicas; a una de las niñas prepararse para sus clases en línea, y a la otra imprimiendo documentos, tomando fotos, o haciendo rutinas de ejercicios al frente del computador, en cumplimiento a sus deberes diarios.

		  

Al medio día todos bajaban y almorzábamos juntos; cosa que antes de la cuarentena no hacíamos, a menos de que estuviéramos en vacaciones, lo cual sucede un máximo de cuatro semanas de las cincuenta y dos que tiene el año. Una vez las niñas terminaban sus clases y actividades, quedaban libres toda la tarde. Por lo general se entretenían jugando en línea con sus amigas, lo cual no me preocupaba porque habíamos conversado durante el desayuno y al almuerzo. Por las tardes, ni ellas ni yo teníamos que correr para tener tiempo de tomar una merienda en la casa, hacer tareas y cumplir con las obligaciones de basketball, drama, ballet y esgrima.

		  

A la hora de la comida nos volvíamos a encontrar en la mesa, sin afán, porque no teníamos la preocupación de apurar la hora de la dormida. Ninguna de las dos niñas tendría que levantarse antes de los ocho de la mañana el siguiente día.

		  

Mientras algunas de mis amigas extrañaban visitar a sus papás los fines de semana, yo ya estaba acostumbrada a ver a los míos solo unas pocas veces al año. Mientras unas echaban de menos el ritual de salir de la casa, de almorzar con colegas, de entrar a reuniones, de terminar el día por fuera y cambiar de escenario al llegar a casa, yo descansaba del agotador trabajo de lograr encuentros con amigas en medio de nuestras ocupaciones con los niños y en la casa para, en lugar de contarles mis alegrías y preocupaciones a las paredes de mi apartamento, contárselas a ellas. Ese acto, vital, de contar con la retroalimentación; el consuelo, el entusiasmo, el abrazo, las lágrimas, la sonrisa, las carcajadas de otro ser humano. Ahora tenía las voces y las carcajadas de mi marido y de las niñas de fondo todo el día.

		  

Quiero llamar la atención del peso de la soledad. Quiero hablar en nombre de los que hoy viven en soledad por la pandemia; de los que vivían en soledad antes de la pandemia debido a otras circunstancias; de los que volverán a la soledad una vez pase la pandemia. Quiero evocar los beneficios de la vida en comunidad. De tener patios contiguos, de encontrarse con los amigos en las esquinas, de reunirse en los patios y en las terrazas. Quiero advertir sobre el peligro de la soledad en la maternidad, en la enfermedad, en la vejez, en la en la infancia, en la adolescencia. Quiero recalcar la importancia del contacto humano; de vivir la vida con un propósito bien definido, ampliamente reconocido y valorado por la comunidad; de vivir con un sentido de pertenencia claro.

		  

*Las denominadas “Zonas Azules”, las comunidades que viven más tiempo en el mundo – los Okinawenses en el Japón, los Sardinos en Italia, los Costaricenses y los Adventistas del Séptimo Día, atribuyen su buena salud y longevidad a lazos familiares fuertes, una vida social rica, el ejercicio, y una dieta basada principalmente en vegetales y compartida en comunidad. Sacado del libro “Belong” de Radha Agrawal.

		  
		  




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