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Voces

524 visitas Mayo 21 de 2019 07:37



Cuando nuestros padres envejecen


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© Pixle


Ver envejecer a nuestros padres, es uno de los desafíos más grandes de la existencia. ¡Golpea el alma! No queremos aceptarlo, pero en algún momento nos sentimos obligados a asumir el implacable paso de los años. ¡Ver cómo se invierte el ciclo de la vida! Descubrirnos cuidando a quienes nos cuidaron.






Hay un momento crucial en la vida de cada hijo y es el instante en el que reconoce que uno de sus padres, o tal vez ambos, han envejecido. Ello no ocurre progresivamente, sino que un día abres los ojos y pasa, lo descubres abruptamente. A algunos, esta realidad nos tambalea, nos tira a la lona, nos revuelca en la arena. No queremos mirarlos a la cara y aceptar que los seres que un día nos dieron la mano para levantarnos cuando éramos niños, hoy extienden la suya para apoyarse en nosotros. Es como si el ciclo de la vida se invirtiera de repente. ¡Nadie nos preparó para ello! Pero por simple obra de la naturaleza, nos vemos –repentinamente- asumiendo el nuevo rol, sin tener siquiera tiempo de comprenderlo.

		  

Un día cualquiera, nos encontramos viviendo una nueva vida. Protegiendo a quienes nos protegieron con tanto amor y paciencia. Consolando a quienes nos consolaron, inventándonos cualquier argucia para que terminen su comida, arropándolos antes de irnos a la cama.

		  

¡Qué inmensa, difícil, y a la vez, bella responsabilidad! No podemos ser inferiores a nuestros maestros de travesía. ¡Cómo olvidar cuántas noches en vela pasaron a nuestro lado cuando enfermábamos… la abnegación con que nos ayudaron a lidiar con la infinidad de miedos que nos atormentaban de niños! Hoy son ellos quienes le temen a la oscuridad, quienes no quieren quedarse solos… hoy son nuestros padres los que le huyen al agua fría, los que piensan antes de dar cada paso, como alguna vez sucedía con nosotros, cuando apenas aprendíamos a caminar. Hoy son ellos quienes se comen un dulce a escondidas… Hoy son nuestros padres quienes lloran al vernos partir, tal como llorábamos de pequeños, cuando se iban a algún lugar sin nosotros…

		  

Y así, todo vuelve al principio. El comienzo y el fin se encuentran en algún punto del camino y se dan la mano, como si fuera una cita pactada con mucha antelación. Comprendemos, finalmente, que por más que caminemos, siempre retornaremos al origen, al punto donde floreció la vida, sólo que esta vez, cargados con el peso de los años, sin las hojas que se llevó el otoño, con las flores marchitas… tal vez con el afán de multiplicar las horas, los minutos… de atrasar el reloj… de hacer que se detenga…

		  

Un día -así el alma nos duela- nos vemos obligados a mirar este trance sin tapujos, a carearlo entre lágrimas, a descubrir que el tiempo no perdona para marcar su paso… A contemplar, una a una, cada arruga que surca el rostro de nuestros padres, a observar sus ojos cansados, pero aún vivaces, que se encienden cuando nos ven volver a casa. Un día tenemos que enfrentar la idea de que el hombre y la mujer fuertes, que nos levantaron a pulso a lo largo del sendero, ahora luchan para ponerse los zapatos, hoy escuchan en silencio nuestra “cantaleta”, hoy sólo quieren estar en un mismo lugar, guardar papeles, reliquias y cuanto traste viejo encuentran por ahí, porque quizás, esta es una forma de conservar algo del ayer, de los días de vigor, de tantas historias que reposan en los rincones…

		  

-“Quedamos solos, ya se nos fueron los hijos”, dice mi padre.

		  

- Sí, como al principio, papá, -le respondo para consolarlo-.

		  

- Sin consuelo, me replica: Sí, pero al principio éramos jóvenes…

		  

¡Silencio…! Ya no tengo respuestas.

		  
		  




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Magda Páez Torres
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