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Voces

1,419 visitas Mayo 09 de 2019 08:36



La labor emocional, una asignatura pendiente


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© standard


Este concepto es algo tan universal y ni siquiera somos conscientes, es una situación tan real como el aumento de los casos de estrés en la población femenina. Gracias a la empatía emocional que las mujeres tenemos grabada en el disco duro, hemos creado un ambiente propicio para la pereza emocional de nuestros compañeros sentimentales.






Al final de una semana laboral agotadora me senté en el sofá y decidí hablar sobre algo a lo que le venía huyendo hace varios días, liberé un monólogo en el que me mostré vulnerable y al mismo tiempo asertiva. Una charla en la que le comuniqué a mi esposo que estaba agotada emocionalmente.

		  

Me miró con ojos incrédulos mientras escuchaba atentamente y sin parpadear. Luego, con infinita ternura secó mis lágrimas y me abrazó. Después de casi una hora de lamentos y quebrantos terminamos arrunchados viendo una serie en Netflix, yo liberada por haberme desahogado y él un tanto abrumado con el peso de mi protesta.

		  

Al día siguiente me sentí culpable y traté de poner en perspectiva mis quejas sobre la inequidad en la distribución de labores en mi hogar. De camino para el trabajo, como de costumbre, me puse mis audífonos y, en vez de escoger una lista de música, escuché esta vez un interesante podcast titulado: “¿Eres trabajadora emocional?”.

		  

Escuché atentamente y tomé notas mentales del tema y en especial de la referencia a una famosa publicación llamada “Las mujeres no cantaleteamos, solamente estamos agotadas”.

		  

Al llegar a mi oficina, lo primero que hice fue buscar el artículo en internet. Con cada párrafo y cada idea, sentí un déjà vu con la conversación del día anterior, me identifiqué y reconocí mi situación en cada frase, al final me sentí menos sola y alienada de lo que consideraba.

		  

Fue así como profundicé en el tema de labor emocional (emotional labor en inglés). Este término fue utilizado por primera vez en 1983 por la socióloga Arlie Hochschild, quien interpretó la labor emocional como el proceso de manejar las emociones y expresiones para cumplir con los requerimientos de un trabajo. Según ella, se trata de inducir o suprimir las emociones propias, para mantener un entorno laboral apropiado.

		  

Sí bien es cierto que Hochschild introdujo el término hace más de 3 décadas, este se ha vuelto muy actual, gracias a una nueva interpretación que lo lleva del entorno profesional al ámbito familiar y las relaciones de pareja. Es así como hoy en día se relacionan los estudios de dicha socióloga con las labores que asumimos las mujeres.

		  

Este concepto abarca todas y cada una de las (innumerables) labores de administración del hogar, así como la planeación y la resolución de problemas. En pocas palabras, al apropiarnos del rol de trabajadoras emocionales nos estamos auto impartiendo las funciones de: CEO, CFO, Asistente Administrativa, Gerente de compras y Eventos, Agente de viajes y hasta Content Manager. Las anteriores son funciones no remuneradas, que además deben coexistir, en perfecta armonía, con nuestra vida profesional y de madres de familia.

		  

Como consecuencia, las mujeres de mi generación nos estamos quemando, frustrando y enfermando. Llevamos a nuestra espalda la carga mental de proveer soporte emocional a nuestro entorno.

		  

En un principio pensé que este era un tema exclusivo de las mujeres migrantes (como yo), pero luego de compartir el artículo con mujeres de mi círculo, leer un par de foros en internet y devorarme varios artículos, entendí que es un tema de inequidad de género y de la sociedad patriarcal e interconectada en la que vivimos.

		  

Este trabajo emocional es algo tan universal y ni siquiera somos conscientes, aunque es una situación tan real como el aumento de los casos de síndrome de desgaste profesional y estrés en la población femenina. Gracias a la empatía emocional que las mujeres tenemos grabada en el disco duro, hemos creado un hábitat perfecto con compañeros de vida que se caracterizan por ser “perezosos” emocionalmente.

		  

Desaprender para sobrevivir

		  

Las mujeres estamos biológicamente programadas para asumir esas responsabilidades, nuestro cerebro repite patrones aprendidos, desde pequeñas hemos visto innumerables ejemplos de mujeres expertas en mantener la calma del hogar, hemos hecho un PhD en gobernar las emociones, para evitar así la confrontación y el conflicto. Para lo que no estamos hechas es para lidiar con la frustración del desequilibrio de las labores emocionales, y el desgaste que esto conlleva.

		  

Las labores emocionales van más allá de la consabida lista de tareas hogareñas como barrer, cocinar, planchar, hacer mercado y mantener la despensa llena de provisiones. La labor emocional se trata de dar el soporte necesario para que una pareja o una familia funcione como el entorno lo demanda.

		  

Las trabajadoras emocionales estamos cumpliendo mil roles al tiempo, estamos retándonos profesionalmente y al mismo tiempo haciendo nuestros mejores esfuerzos para cumplir con lo que la sociedad espera que hagamos. Estamos siendo fuertes y autosuficientes, para no parecer vulnerables, mientras batallamos a diario por quitarnos la etiqueta de ser del sexo débil.

		  

Queremos hombres que se involucren en las tareas emocionales del hogar, pero no delegamos roles. Queremos hombres que recuerden comprar papel higiénico y leche, que no olviden los cumpleaños familiares, y que sean artífices del menú de la semana, pero nos da rasquiña encomendar esas tareas para que no nos vayan a defraudar. Queremos hombres que vean y se apropien de labores obvias, por iniciativa propia, y no porque el sirirí se los mencionó.

		  

Queremos compañeros de vida que en vez de “ayudar” compartan las responsabilidades del hogar. No se trata solamente de dividir las cuentas y pagar la hipoteca por mitades, de turnarse para armar las loncheras o llevar a los niños al colegio, va más allá de simples labores diarias. Se trata de tener una equidad emocional, de compartir la carga emocional de la vida moderna.

		  

Para lograr ese objetivo es preciso desaprender conceptos grabados en nuestro sistema operativo, es necesario rediseñar para sobrevivir. Debemos aprender que es válido pedir apoyo y reconocimiento, que la vulnerabilidad es una virtud más que una culpa y que no siempre tenemos que ser mujeres fuertes, auto suficientes y consideradas con nuestro entorno.

		  

Vivimos en una época en la que los hombres son más dados a asumir labores domésticas. Esto puede alivianarnos la carga, puede liberarnos de quehaceres, sí y sólo sí estamos dispuestas a señalar las disparidades. Es nuestra misión designar esa necesidad de contar con un partner que se adjudique además de las tareas diarias, una que otra responsabilidad emocional. Necesitamos una mancuerna que se encargue también de la planeación, que no se limite a hacer lo que le pedimos, sino que tome iniciativa, no como consecuencia de la cantaleta, sino como resultado de una introspección.

		  

Aun teniendo esposos más involucrados en el hogar, que cocinan, lavan platos y hacen mercados, nos sentimos agobiadas, pues seguimos cargando sobre los hombros la responsabilidad de ser managers del corazón de una familia.

		  

Esta retórica es pues un llamado a mis colegas de género para aprender a delegar sin abusar de la cantaleta, a ser más asertivas, menos perfeccionistas y más vulnerables, es un llamado a hacer acuerdos claros y sostenibles que nos permitan liberarnos de cargas auto impartidas, a escribir una nueva historia en la que conjugamos verbos a cuatro manos.

		  

Es un llamado a criar hijos con inteligencia emocional, que entiendan que los roles del hogar no son exclusividad de un género, que perciban y practiquen la ecuanimidad, hijos con una visión global y equitativa de la sociedad.

		  

Este es un llamado a no ser pasivo agresivas, a redefinir nuestro concepto de masculinidad y feminidad, a no culparlos a ellos por las frustraciones que nacen de la inequidad, es un llamado para asumir juntos el reto de compartir los roles emocionales equilibradamente.

		  

Soy feminista, mas no feminazi, creo en la igualdad de género, al igual que creo en la igualdad sin importar el credo, el color de la piel o la ideología política. Estoy convencida de que en nuestras manos está el poder cambiar lo que no funciona en nuestra sociedad, siendo conscientes de la necesidad de diálogo, empatía, acuerdos concretos y la redefinición de roles, no porque la sociedad los impone sino porque decretamos asumirlos mutua y minuciosamente.

		  
		  




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Ángela María Ramírez
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