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848 visitas Abril 15 de 2019 19:20



“El filósofo es como un profesional del pensamiento y yo soy solo un aficionado”: Alejandro Gaviria


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© Alejandro Gaviria Uribe durante la tertulia ‘El optimismo trágico’, organizada por el Hospital Universidad del Norte.


El exministro de salud, hoy director del Centro ODS, habló acerca de su más reciente libro y de otros temas como la locura, su propósito de ser irónico, la corrupción en el lenguaje y la ausencia de escritoras y poetas en este texto.






La semana pasada el Dr. en economía y escritor colombiano Alejandro Gaviria Uribe visitó el Hospital Universidad del Norte para compartir sus reflexiones en la tertulia ‘El optimismo trágico’, concepto que hace parte de su último libro Siquiera tenemos las palabras en el que a lo largo de diez capítulos presenta una visión del mundo y del cambio social.

		  

El exministro de salud, también autor de Alguien tiene que llevar la contraria (2016) y Hoy es siempre todavía (2018), comparte y comenta las historias de los libros que hacen parte de sus lecturas y biblioteca. Siquiera tenemos las palabras cuenta con autores del siglo XX como Jorge Luis Borges, Joaquín Machado, Stanislaw Lem, George Orwell, García Márquez, Conrad, Vargas Llosa, Kundera y Huxley, entre otros, que para Gaviria “dicen algo sobre el momento actual” y “le hablan desde el pasado al mundo del presente y del futuro”.

		  

En el marco de la tertulia, hablamos con Alejandro Gaviria acerca de su libro y de otros temas como la locura, su propósito de ser irónico, la corrupción en el lenguaje y la ausencia de escritoras y poetas en este texto.

		  

P. En la introducción del libro Siquiera tenemos las palabras usted menciona la “propensión a la locura” de la humanidad, ¿qué es la locura para usted?

		  

R. Cuando hablé de eso en la introducción, estaba imaginando cierta locura colectiva; cuando de alguna manera se genera una especie de consenso en la comunidad humana, pero ese consenso es autodestructivo.

		  

El libro empieza con un epígrafe de Julio Cortázar que dice algo así como “el autogenocidio universal en el que colaboran alegremente la mayoría de las víctimas”. Entonces, imaginé como una suerte de locura colectiva estos fenómenos que nos llevan muchas veces al genocidio, a seguir a cualquier tirano elocuente. Las propensiones de locura en las que suele caer la humanidad. Estaba pensando si se quiere en las locuras religiosas, las cruzadas, ese tipo de cosas…

		  

P. En el libro se menciona con frecuencia la ironía, ¿por qué es tan importante?

		  

R. La ironía es una forma de describir aspectos de la realidad de una forma oblicua, que no es planteándolo todo, sino diciendo ‘yo voy a decir lo contrario’. Me voy a imaginar un mundo de mentiras que de alguna manera me muestran los peligros de la realidad.

		  

Creo que la ironía es uno de los aportes de la literatura que la hace necesaria, el decir las cosas sin explicarlas plenamente, sin tener la pretensión del ensayo de la completitud, sino dejar muchos cabos sueltos, dejar muchas preguntas abiertas, simplemente buscar una historia y dejarla ahí. Me gusta eso de la ironía.

		  

P. ¿Es su propósito ser irónico?

		  

R. No siempre, pero sí lo es y cuando escribo me gusta eso. En el libro hay dos o tres historias que son irónicas: la de una pareja conversando sobre un proyecto de ley -¡Ay, está lleno de hormigas!- y me parece que la mejor forma de decirlo era de esa.

		  

Por ejemplo, hay una historia en la que alguien podría decir que es mi pensamiento, pero no es. Hay una carta que alguien le escribe a la bisnieta y me parece que es irónica porque yo quería decir ciertas preocupaciones, pero yo no las compartía plenamente y me parece que una buena forma de utilizar la ironía para expresar lo que estaba pensando e ir un poquito más allá. Pero siempre me ha ido mal con la ironía porque la ironía tiene un problema y es que la gente se la toma en serio. Casi que uno necesita poner: advertencia ironía, ironía. No lo lea textualmente, esto es un esfuerzo distractor. Y tiene sus riesgos.

		  

P.George Orwell, uno de los escritores más influyentes del siglo pasado, señaló que “la vaguedad en el lenguaje favorece la corrupción, tranquiliza las conciencias y confunde a la gente”, ¿por qué?

		  

R. Esa frase habla de cómo el lenguaje político se va corrompiendo y eso es parte de nuestras sociedades. Hace poco le oí decir a un alto funcionario del gobierno que “al frondoso árbol de la corrupción hay que cortarlo de raíz, no podarlo”, ¿gran aporte, no? Cuando el lenguaje comienza a volverse eso, unas frases que uno dice en el fondo son metáforas fáciles, no dicen nada; y si ese es el lenguaje, si esa es la forma en que como sociedad reflexionamos a los problemas colectivos, en el fondo ahí empieza el problema.

		  

Orwell llamaba la atención sobre eso, él decía que la palabra fascismo, en el fondo, es una palabra que está utilizando todo el mundo para nombrar a su enemigo político y después decía lo siguiente: “Si no sabemos lo que es el fascismo y lo hemos olvidado con la corrupción del lenguaje, no vamos a poder combatirlo”. Es la forma como nombramos las cosas, el tema del lenguaje es muy importante.

		  

Doy un ejemplo personal relacionado con el cáncer: ¿hasta dónde llevar la empatía? y ¿hasta dónde llevar la compasión? En una cita con el oncólogo, me dijo que veía mis exámenes muy bien, pero cuando volví solo me dijo que estaba bien. Llegué a la casa y le dije a mi esposa ¿por qué el médico me dijo bien y no muy bien?

		  

Él sabía que de alguna manera yo estaba sobre leyendo sus palabras y entonces era demasiado lacónico, me decía muy poquito y eso me tenía preocupado. La comunicación es muy difícil y yo creo que esa reflexión es sobre eso, un tema más allá de la competencia técnica, más allá de entender la profesión. No se nos puede olvidar que se trata de una comunicación entre seres humanos con lo complejo que somos.

		  

P. ¿Por qué los autores que menciona en el libro solo son hombres?, ¿las escritoras de mediados del siglo XX no estaban tratando estas temáticas?

		  

R. Hay un sesgo de biblioteca, pero es un sesgo de la humanidad, porque yo siempre he sido inquieto, me ha gustado leer. Los autores tienen un sesgo temporal de la primera mitad del siglo XX. Podría ser una crítica al libro, pero más allá de la crítica al libro es una crítica a los seres humanos, donde la mujer estuvo excluida de esas reflexiones.

		  

Me di cuenta del sesgo al final, y traté de hacer algo. Encontré una carta que escribió Gabriel García Márquez en sus archivos en Houston, que dice: “Si queremos mejorar la humanidad por qué no ponemos a la mujer a pensar en lugar de los hombres”, y traté de ponerla, pero me pareció que era una excusa demasiado deliberada y que podría parecer superficial. Entonces, en lugar de pedir disculpas así -con esa carta de García Márquez- esperé a que pasara lo que está pasando aquí, que alguien me preguntara y yo pudiera en voz alta tratar de por lo menos explicar por qué.

		  

Yo nunca dije voy a comprar libros de hombres, pero los que compré y como fui armando la biblioteca resultó que el 90% es de hombres. Hay un problema ahí que yo no sé de donde viene, pero creo que no es mío, sino del mundo.

		  

P. Si usted estuviera sentado en el auditorio y escuchara a Alejandro Gaviria hablar ¿consideraría que es un filósofo?

		  

R. No sé. Yo creo que me vería como alguien a quien le gustan las ideas, que celebra las palabras, que cree en la fuerza de las ideas y yo creo que la palabra filósofo le restaría un poco de magia, en el sentido de que el filósofo es como un profesional del pensamiento y yo soy solo un aficionado, un amateur que le gusta jugar con esto y le gusta hacerlo de manera libremente, sin muchas barreras profesionales. Si alguien dijera este es un filósofo me preguntaría ¿usted es un filósofo epistemológico, ontológico o metafísico?, y yo no tengo ni idea. Me gustan las ideas, pero me gusta más ejercerlas como un aficionado y no como un profesional.

		  
		  




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Cucha Duque Ortiz
Directora
Comunicadora Social y Periodista
Publicaciones:113
Fuente:SentirPositivo
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